jueves 20 de marzo de 2008

Espera que desespera

No hay nada peor en el mundo de los humanos que ansiar algo, sobretodo para los que son como yo, los ansiosos por todo, por cualquier evento u hecho por más mínimo que sea, sufrimos de este fenómeno.

Todo debe ocurrir en este momento, no después, ni mañana, ahora, porque lo necesitamos más que nada, tenemos que tener/gozar de eso que ansiamos.

Las esperas por más cortas que sean son eternas, las horas se convierten en minutos, los días en meses y los años en siglos.

El problema principal es ¿Qué hacemos mientras tanto? Creemos que podríamos criar hijos y nietos hasta entonces, que podríamos ver crecer un árbol hasta que se caiga de viejo.

Lo que agrava más las cosas es que no tenemos, o al menos eso creemos, tantos quehaceres por realizar, podemos cortar el pasto, dormir, ver a un amigo, salir a caminar, etc., pero nada de esto lograra que el reloj se mueva, es una suerte de limbo o algo similar, donde el tiempo se detiene o tal vez, como esos sueños donde uno corre despacio casi sin poder levantar los pies del suelo mientras que el resto de las personas circulan con gran velocidad.

Dentro de la aceptación de mi mismo se encuentra el saber que soy ansioso, pero así y todo no es algo que pueda controlar o que esté a mi alcance.

He aquí una situación que revela mi perfil como ansionómaco:

Durante el invierno del 2006 estaba buscando un coche para cambiar la carreta a motor que tenía hasta ese entonces.

Un día encontré el coche que a mi parecer era el más adecuado en cuanto a las prestaciones que buscaba y la plata que tenía, o tal vez más de acuerdo a la plata que tenía solamente.

La cuestión es que fui a verlo y tenía la pintura un tanto descascarada, y además, como para impresionar más, en el parabrisas se mostraba una llamativa calcomanía de “ALMAFUERTE”.

Pensando hacia atrás me doy cuenta de que realmente no era un coche de “ensueño” pero bueno ahí estaba mi ansiedad pujando por mis intereses.

La cuestión es que esa noche no dormí, cerraba los ojos y me imaginaba manejando aquél coche de la familia Adams.

Tan emocionado estaba que no podía esperar a que llegue la hora de ir al registro, tanto fue que tenía que encontrarme con el dueño a las 8 a.m. y llegué como media hora antes.

Ni bien lo obtuve, puff, las ilusiones desaparecieron y la ansiedad se echó a descansar, ya había cumplido con su trabajo.

Siempre uno está en la búsqueda de lo que está más allá, lo de acá ya no sirve o perdió su interés, y además de eso lo queremos sin que pase el tiempo, lo deseamos ya.

La realidad es que el que es ansioso nunca dejará de serlo, su instinto será el que lo motive a estar en continuo movimiento tratando de superar la velocidad del tiempo para llegar antes que el mismo presente, pero bueno, está en nosotros aceptar las reglas del juego y conocer que a veces uno necesita tiempo para meditar antes de accionar, no dejemos nuestra voluntad en manos de los impulsos, “paremos la moto” (aunque sea intentémoslo).

Y como no queremos luchar más con nuestra ansiedad, pronto vuelve…

Conociéndonos.

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